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Los días pasaban, y asfixiado por el insoportable calor, me vi empujado a buscar cobijo, pues el sol me deshidrataba más y más cada minuto que pasaba bajo su radiante mirada.
Moviéndome deprisa, evitando pisar el suelo más de lo necesario, fuí avanzando metros y más metros. La vida me iba en ello. No recordaba la última vez que había hidratado mi garganta, y comenzaba a notar la ausencia de líquido fluyendo a través de los glóbulos rojos.
Faltaban aun varias horas para la puesta de sol. Alcé la vista hacia el horizonte, y mi sorpresa fue grata, pues me pareció divisar masas flotantes de agua en estado gaseoso, más comunmente conocidas como nubes. Con un poco de suerte, el viento las arrastraría hacia mi, y ya sería orgásmico que descargaran algunas gotas sobre ésta flamígera arena. Decidí esperar a ver cuál era el rumbo que aquellas nubes, guiadas por fuerzas invisibles decidían coger.
Quedé inmóvil bajo la sombra de unos matojos deshilachados y poco frondosos, pero ideales para desviar algunos de los asfixiantes rayos que el sol emanaba. Dediqué unos minutos a recuperar el aliento. Mientras exhalaba, llamó mi atención un pequeño hoyo. Agudizé el oido tanto como pude, y permanecí totalmente quieto, evitando incluso que mi respiración pudiera ser percibida.
Durante unos segundos, sólo pude escuchar el silbido del viento agitando la vegetación adyacente, pero transcurridos unos segundos, la corriente se detubo. Entonces percibí la leve vibración que provocan esos diminutos seres negros al desplazarse. Vi como alguno, tímidamente, se asomaba a través de la pequeña fisura que había en la tierra. Parecía ser el vigía.
Gracias a mis años de experiencia entrenando mis dotes de sigilo y camuflaje, aquel pequeño ser no notó mi presencia, e indicó con un leve gesto de cabeza a sus camaradas, que había vía libre, y decenas de ellos brotaron de la grieta.
Una leve sonrisa se dibujó en mi cara. Esperé unos segundos, a que iniciaran la marcha y no hubiera escapatoria y de un salto me acerqué tanto como pude. Tapé el orificio de salida de su madriguera con una de mis extremidades, y cuando fuí a sacar la lengua para atrapar la primera de aquellas diminutas e indefensas criaturas, algo me detubo. Vi como el temor las paralizaba, y el terror se reflejaba en su rostro, sabiendo que la muerte era inminente. Comprendí en ese preciso momento, como si encendieran algo en mí que estaba dormido, que las vidas de esos seres tenían valor, y que cada pequeño caminante sobre la tierra, tenía derecho a vivir.

Cabizbajo, pero feliz por la lección que había aprendido, seguí mi camino, quemándome los pies bajo el sol, buscando un pequeño charco. Creo que no nací para ser un lagarto. Duhnnae

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